Subió al coche como cada mañana para ir al trabajo pero aunque su jornada laboral comenzaba a las ocho y media hacía ya unos minutos que la había empezado, al menos mentalmente. De repente sin saber muy bien de dónde, mientras se dirigía a la oficina planificando para si las múltiples reuniones del día, un grupo de unos siete u ocho críos cruzaron corriendo delante de su coche. El chirriar de las ruedas provocado por el frenazo le cerró de golpe la agenda mental y por unos segundos se quedó paralizado escuchando únicamente los latidos de su corazón. Cuando pudo reaccionar observó como los chicos, ajenos a lo ocurrido, seguían corriendo hacia el parque cercano y que uno de ellos, tras recoger del suelo varias canicas que habían caído durante el incidente, intentaba alcanzar al resto cojeando sensiblemente.
Mientras bajaba del coche gritó. - ¡Eh! ¿Estás bien? ¡Espera! Pero el crío siguió corriendo y se adentró en el parque junto al resto. Miró el parachoques del coche para ver si había algún daño y encontró junto a la rueda izquierda un par de canicas plateadas todavía en movimiento. Las recogió y se dirigió raudo en busca del chico.
Hacía tiempo que no entraba en aquel parque. Era uno de esos que recuerdan lo que alguna vez fue un bosque en plena ciudad si no fuera porque en algunas zonas se habían habilitado canastas de baloncesto, bancos y alguna que otra fuente. Rápidamente localizó de lejos al grupo de chavales que se dirigían precisamente a una de esas canastas y los siguió.
- Chicos, ¿Estáis bien? ¿¡Cómo se os ocurre cruzar a lo loco!?
- Si señor, estamos bien. -Contestaron algunos.
- ¿Y tú, te has hecho daño?
- No señor, solo un rasguño…es que me caí.
- Toma, estas canicas deben ser tuyas. Y deja que te mire el golpe.
El chico cogió las canicas que le entregaba aquel hombre y con cara extraña le dijo:
- Eh...señor, estas canicas no son mías…
- Bueno, quédatelas de todas formas.
- Um…gracias señor pero…creo que son suyas…yo ya tengo las mías.
El hombre se quedó un poco asombrado por la respuesta pero casi por un acto reflejo volvió a cogerlas de las manos del crío, las metió en su bolsillo y viendo que el chico se encontraba perfectamente giró sobre si mismo rumbo al trabajo.
- ¿Quiere jugar a baloncesto? Nos falta uno.
- Claro que quiero pero no puedo. Tengo que irme.
(Claro que quiero…claro que quiero…claro que quiero). Esa frase se repitió en su mente durante dos o tres pasos antes de pararse en seco. No lograba recordar la última vez que había hecho eso…”lo que quiero”. De nuevo giró sobre si mismo y contestó:
- La verdad es que…un ratito si que puedo. ¿Quién va conmigo?
Habían pasado cerca de cuarenta minutos entre canastas de uno y otro bando cuando alguien gritó:
- Bueno, ¿lo dejamos? ¡Quien enceste primero gana!
No pudo más que esbozar una sonrisa mientras recobraba el aliento pensando en lo sencillas que eran las soluciones de los críos. Cuarenta minutos sudando la gota gorda para luego resolverlo todo con un “quien enceste primero gana”.
El partidillo acabó cuando aquel grandullón a duras penas pudo introducir el balón en la canasta mientras el equipo contrario al completo colgaba de sus brazos en un intento desesperado por evitar el desenlace. Entre risas y gritos de “abusón, abusón” el hombre se despidió de los chicos y se dirigió a su coche. Cada diez o doce pasos se giraba sin poder aguantar la risa al ver que, en su marcha, aquellos chicos le seguían y que cada vez que se giraba permanecían como estatuas en posturas de difícil equilibrio.
Aquella sonrisa le duró algunas horas, aquel recuerdo algunos días y el ruido de canicas en el bolsillo…el resto de su vida.
Mientras bajaba del coche gritó. - ¡Eh! ¿Estás bien? ¡Espera! Pero el crío siguió corriendo y se adentró en el parque junto al resto. Miró el parachoques del coche para ver si había algún daño y encontró junto a la rueda izquierda un par de canicas plateadas todavía en movimiento. Las recogió y se dirigió raudo en busca del chico.
Hacía tiempo que no entraba en aquel parque. Era uno de esos que recuerdan lo que alguna vez fue un bosque en plena ciudad si no fuera porque en algunas zonas se habían habilitado canastas de baloncesto, bancos y alguna que otra fuente. Rápidamente localizó de lejos al grupo de chavales que se dirigían precisamente a una de esas canastas y los siguió.
- Chicos, ¿Estáis bien? ¿¡Cómo se os ocurre cruzar a lo loco!?
- Si señor, estamos bien. -Contestaron algunos.
- ¿Y tú, te has hecho daño?
- No señor, solo un rasguño…es que me caí.
- Toma, estas canicas deben ser tuyas. Y deja que te mire el golpe.
El chico cogió las canicas que le entregaba aquel hombre y con cara extraña le dijo:
- Eh...señor, estas canicas no son mías…
- Bueno, quédatelas de todas formas.
- Um…gracias señor pero…creo que son suyas…yo ya tengo las mías.
El hombre se quedó un poco asombrado por la respuesta pero casi por un acto reflejo volvió a cogerlas de las manos del crío, las metió en su bolsillo y viendo que el chico se encontraba perfectamente giró sobre si mismo rumbo al trabajo.
- ¿Quiere jugar a baloncesto? Nos falta uno.
- Claro que quiero pero no puedo. Tengo que irme.
(Claro que quiero…claro que quiero…claro que quiero). Esa frase se repitió en su mente durante dos o tres pasos antes de pararse en seco. No lograba recordar la última vez que había hecho eso…”lo que quiero”. De nuevo giró sobre si mismo y contestó:
- La verdad es que…un ratito si que puedo. ¿Quién va conmigo?
Habían pasado cerca de cuarenta minutos entre canastas de uno y otro bando cuando alguien gritó:
- Bueno, ¿lo dejamos? ¡Quien enceste primero gana!
No pudo más que esbozar una sonrisa mientras recobraba el aliento pensando en lo sencillas que eran las soluciones de los críos. Cuarenta minutos sudando la gota gorda para luego resolverlo todo con un “quien enceste primero gana”.
El partidillo acabó cuando aquel grandullón a duras penas pudo introducir el balón en la canasta mientras el equipo contrario al completo colgaba de sus brazos en un intento desesperado por evitar el desenlace. Entre risas y gritos de “abusón, abusón” el hombre se despidió de los chicos y se dirigió a su coche. Cada diez o doce pasos se giraba sin poder aguantar la risa al ver que, en su marcha, aquellos chicos le seguían y que cada vez que se giraba permanecían como estatuas en posturas de difícil equilibrio.
Aquella sonrisa le duró algunas horas, aquel recuerdo algunos días y el ruido de canicas en el bolsillo…el resto de su vida.

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